Han pasado 80 años de la primera dosis de penicilina aplicada a un ser humano

La recibió Albert Alexander, un agente de policía de 43 años que trabajaba en Abingdon, Inglaterra, y que sufría una terrible infección como resultado de haberse rasguñado la cara con una espina de rosa

1. Un día de diciembre de 1940, Albert Alexander, un agente de policía de 43 años que trabajaba en Abingdon, Inglaterra, se rasguñó la cara con una espina de rosa y, al poco tiempo, el rasguño se le infectó, por lo que debió ser llevado al Hospital Radcliffe, en Oxford.

La infección avanzó por toda la cara del agente de policía, alcanzó los ojos (uno de los cuales hubo que extirpárselo) y se propagó por las vías respiratorias hasta los pulmones. La vida de Alexander pendía de un hilo muy delgado…

2. Casi doce años antes, el 28 de septiembre de 1928, al revisar uno de los experimentos que realizaba en su laboratorio, el médico y bacteriólogo escocés Alexander Fleming notó que una caja de Petri con bacterias Staphylococcus aureus estaba cubierta parcialmente por un hongo que luego recibiría el nombre de Penicillium notatum. A continuación se percató de que, ahí donde el hongo se desarrollaba, las bacterias habían muerto.

Desde un primer momento, Fleming fue consciente de la gran importancia de su descubrimiento fortuito y lo dio a conocer en un artículo publicado en el British Journal of Experimental Pathology en 1929. Asimismo, se dedicó a obtener y purificar la sustancia producida por el hongo Penicillium notatum, es decir, la penicilina. Sin embargo, las dificultades que conllevaba esta tarea lo obligaron a abandonarla.

3. En 1938, el patólogo australiano Howard Florey leyó el artículo de Fleming y en su laboratorio de la Universidad de Oxford retomó la investigación emprendida por éste con el hongo Penicillium notatum. Posteriormente, en colaboración con el químico judío de origen alemán Ernst Chain y el biólogo y bioquímico inglés Norman Heatley, pudo estabilizar y purificar lo que se considera el primer antibiótico de la historia.

A mediados de 1940, para probar la eficacia de la penicilina, Florey y sus colaboradores infectaron a ocho ratones con una dosis letal de bacterias Streptococcus y a cuatro de ellos les administraron la sustancia. Horas después, éstos seguían con vida, mientras que los que no recibieron la penicilina ya habían muerto.

4. Charles Fletcher, el médico que atendía a Alexander en el Hospital Radcliffe, le propuso a éste un nuevo tratamiento para su terrible infección, pero le advirtió que hasta entonces no había sido probado en seres humanos. Alexander accedió a la propuesta de Fletcher, y el médico se puso en contacto con Florey…

Fue así como el 12 de febrero de 1941, Alexander se convirtió en el primer ser humano en recibir la primera dosis de penicilina. Al día siguiente, ya no presentaba tanta fiebre y había recuperado el apetito.

Bajo la supervisión de Florey, Fletcher siguió suministrándole penicilina durante tres días más. No obstante, al quinto, las reservas de ésta, cultivadas a lo largo de casi un año, ya habían llegado a su fin.

Aun se hizo el intento de recuperar algo de penicilina de la propia orina del paciente, pero esto no fue suficiente para continuar el tratamiento. Finalmente, tras una penosa y larga agonía, Alexander murió el 15 de marzo.

5. Debido a las restricciones impuestas por la Segunda Guerra Mundial, la penicilina no podía ser producida masivamente en Gran Bretaña. Por eso, Florey y Heatley viajaron a Estados Unidos, país que todavía se mantenía al margen de las hostilidades.

Ahí, los dos científicos se entrevistaron con el microbiólogo estadounidense Andrew Moyer, quien se encargó de desarrollar un método para producir, en un periodo relativamente corto, grandes cantidades de penicilina. Gracias a esto, muchos soldados aliados pudieron sobrevivir a diversos tipos de infecciones durante el resto de la Segunda Guerra Mundial.

6. En 1945, Fleming, Florey y Chain obtuvieron el Premio Nobel de Medicina “por el descubrimiento de la penicilina y su efecto curativo en diversas enfermedades infecciosas”.

Gaceta UNAM

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