La Elección Presidencial

Hay competencia política dentro de los partidos y entre los partidos, lo que otorga mayor sentido a la libertad de sufragio. Un asunto distinto, aunque muy preocupante, es qué tanto les emocionará a los electores una contienda político como la que se espera
El proceso electoral ya comenzó formalmente. El árbitro de la competencia, el Instituto Federal Electoral, dio el banderazo de salida a inicios de octubre. Ciertamente, los actores de la competencia, los partidos políticos, llevan semanas y felices días lo mismo en sus poco aseados procesos de competencia interna que en la no menos socorrida labor de desprestigiar a los otros partidos.
El escenario político-electoral, pues, resulta a todas luces competido. No sabemos, sin embargo, si esa sea una buena señal. Las experiencias recientes indican que a los competidores les sigue costando mucho trabajar aceptar la derrota; y, por si fuese poco, el árbitro de la competencia no luce muy bien. Su bien ganada fama de imparcialidad hasta 2003 se vio empañada con el advenimiento del nuevo Consejo General, en razón de que el pasado de casi todos sus integrantes ofrece indicios de sus ligas partidistas.
En medio de esta situación, algunas tendencias se dibujan ya con claridad. La baraja de ganadores probables se reduce con toda seguridad a tres: PRI, PAN y PRD,  ya sea yendo solos o bajo la forma de coalición con algún partido de la chiquillada. Dentro de esta trilogía, como señalan las encuestas recientes, el PAN arranca con la etiqueta del menos favorito. No es de extrañar la situación. Los votantes mexicanos parecen tener una percepción poco favorable acerca de los logros del gobierno de Fox y, por lo demás, le han encontrado un buen sabor al voto de castigo. Y por si eso no fuese suficiente, los desarreglos entre Creel y Calderón amenazan con dejar fracturas internas y deterioros a la imagen del partido.
López Obrador, que ha demostrado ser un excelente navegante en las aguas bravas de los ataques mediáticos, sin lugar a dudas, arranca como el candidato más popular y el enemigo a vencer. Cierto, existen dudas razonables acerca de si el PRD, la tercera fuerza electoral, estará a la altura de su candidato o si las pugnas tribales le causarán parálisis o debilidad.
Finalmente, y pese a las poco educadas opiniones de los expertos y detractores, el PRI está bien metido en la batalla. Perdió la presidencia en el 2000, pero ha repuntado en las elecciones federales y locales, hasta convertirse en la primera fuerza electoral. La fortaleza estructural del aparato partidario y las probadas muestras de su capacidad de movilización del voto están ahí. No se sabe bien a bien si la movilización de sus votantes cautivos le alcanzaría para recuperar la presidencia y todavía menos certeza hay en que, tras la contienda entre Madrazo y Montiel, pueda evitar una fractura o lograr una vez más una exitosa «operación cicatriz». Si lo logra, no quepa la menor duda de que el PRI sería un rival difícil de vencer.
Como es de advertirse, el futuro electoral es contingente. Lo es más si se tiene en cuenta que una variable decisiva es la campaña electoral y que ésta todavía tiene una cuerda muy larga. Si alguna duda hay sobre este asunto particular, baste con recordar que en diciembre de hace casi seis años, el PRI estaba situado en el primer lugar de las expectativas de voto con una cifra del 50-52%, seguido muy atrás por el PAN con un 21-23% y todavía más atrás por el PRD con el 14-16%. La historia es conocida. En julio de 2000 las preferencias mayoritarias del electorado estuvieron con Fox. Así, con cargo directo a las virtudes mediáticas de su campaña, se había construido una nueva mayoría: la mayoría de la alternancia democrática.
La buena noticia, en conclusión, es que hay competencia política dentro de los partidos y entre los partidos, lo que otorga mayor sentido a la libertad de sufragio. Un asunto distinto, aunque muy preocupante, es qué tanto les emocionará a los electores una contienda político como la que se espera. Un escenario poco gratificante y nada edificante para esta joven democracia sería la repetición de la desangelada concurrencia del 40% de los electores a las urnas. Es inimaginable una democracia sin votantes o, peor aún, sin ciudadanos.
No obstante lo anterior, también hay una mala noticia: la posibilidad de un resultado apretado entre dos o incluso las tres fuerzas políticas y de un árbitro electoral con poca autoridad para levantarle la mano al ganador. Ninguna de estas dos variables parece muy lejana de lo probable. Los partidos políticos velan sus armas y no es de descartar que puedan emparejarse en los meses venideros; y, por otra parte, el IFE acusa señales de problemas organizativos y de pérdida de credibilidad. La reciente renuncia de la Secretaria Ejecutiva, la coordinadora formal de las 32 juntas locales y de las 300 juntas distritales, en pleno arranque del proceso es una muy mala señal.