El México que queremos: entre el antes y el después de las elecciones

el mexico que queremos

Cristina Alcayaga. Entre sus publicaciones destacan: Propuesta, Decide y Participa (1993); Agenda de la Democracia (1994); Atenco, el peso del poder y el contrapeso de la sociedad civil (2002); Manual de derechos humanos, conceptos elementales y consejos prácticos (2003); y Ojos que sí ven, la explotación infantil (2007)

El México que queremos, agenda política de inspiración ciudadana es el libro más reciente de Cristina Alcayaga, que fue presentado tanto en la Ciudad de México como en Cancún. La autora parte de la decepción democrática generada por la transición democrática y por las expectativas que en cada proceso electoral, genera la clase política.

Reconoce la capacidad de la sociedad civil consciente de sus capacidades transformativas: castigar o premiar, tal como se demostró en las pasadas elecciones. Aquí la entrevista con la escritora y politologa:

CRISTINA ALCAYAGA
El Mexico que queremos. Cristina Alcayaga



El libro constituye un severo análisis del papel de los partidos políticos, pero al mismo tiempo reconoces que sin partidos políticos es imposible la vida democrática.  Parecería contradictorio ¿cuál es el camino entonces, cuáles las propuestas?


Concuerdo con tu apreciación acerca de la severidad de mi balance en torno a los partidos políticos. La concepción misma de mi libro, que intencionalmente no les dedica ningún apartado especial, proyecta con nitidez mi postura analítica. Sin menoscabo de ella, es pertinente añadir algunos matices de contexto. Lo que hoy, en 2018, son los partidos en el imaginario colectivo no es lo que fueron unos cuantos años atrás.

Siendo justa con los hechos, la transición democrática, esa formidable experiencia de cambio político pacífico acaecida entre 1989 y 2000, sería imposible de entender sin el concurso inteligente y proactivo de los partidos políticos, que discutieron y tejieron los acuerdos para concretar cuatro reformas políticas. Hasta donde sabemos, ningún sistema de partidos en el mundo ha dado prueba de un logro de esa magnitud.

EL MÉXICO QUE QUEREMOS. Lo que ha sucedido con posterioridad a la alternancia democrática del año 2000 es otra historia. La desconfianza y el hartazgo han llegado a niveles nunca antes visto. Ocho de cada diez mexicanos asociamos partidos políticos con corrupción y deshonestidad. Como bien dice el dicho popular “la mula no era arisca…”.


Mi distancia con los partidos políticos no es en abstracto. Se refiere a los entes de carne y hueso, con siglas y colores, que se divorciaron del interés nacional y sobrepusieron sus intereses particulares por sobre el interés público de los mexicanos. Mi insistencia en que la vitalidad de la democracia reclama partidos políticos no es contradictorio con mi balance negativo sobre su comportamiento mezquino en los últimos 18 años.

Las señales que emanan de las urnas este primero de julio son inequívocas. Los grandes partidos de los últimos 30 años quedarán reducidos a su mínima expresión y por lo menos tres partidos no alcanzarán el 3% de la votación, así que perderán su registro. El camino a seguir, en mi entender, es corregir las fallas del marco legal e institucional de los partidos políticos y de los mecanismos de financiamiento.

De lo que se trata es de construir incentivos para que los partidos hagan bien su labor de conectarse con la ciudadanía y traducir sus preocupaciones en propuestas de política pública. De igual manera, hay que tomarse en serio la democracia interna de los partidos políticos. Hay un dicho popular que dice “nadie puede dar lo que no tiene”. La democracia necesita partidos políticos que la prediquen en carne propia.         



 
Para los Partidos Políticos se volvió normal brincar de uno a otro, de la izquierda a la derecha y al revés. ¿Hasta dónde es sano para la sociedad y para ellos mismos tanto pragmatismo?


El “chapulineo”, como se dice en el argot popular, es uno de los peores vicios de los políticos en la historia reciente; porque, intenciones aparte, manda a los ciudadanos la señal de que todos los partidos políticos son igualmente corruptos y pragmáticos.

Lo que luego sucede es una historia sabida: la despolitización de la ciudadanía, que conduce al declive de lo público; el menosprecio por las instituciones de la democracia electoral; y el ascenso de la predisposición del ciudadano promedio, como documentó una encuesta reciente de Latinobárometro, a permutar las libertades individuales por mayor seguridad en el acceso a los bienes materiales.


No veo aspectos positivos ni esperanzadores en la carencia de elementos significativos de diferenciación entre las opciones políticas. Peor aún, lo más esperable es que, de no corregirse tal situación, estaremos en el peor de los escenarios posibles: un proceso democrático vacío de significado y sin incentivos para informarse y participar.

No hay democracia ni sistema de partidos que resista mucho una situación así, ni tampoco una ciudadanía dispuesta a participar en un juego que aporta muy pocos incentivos a los jugadores y les provoca tan pocas emociones.


Finalmente, el desborde del pragmatismo amerita mención especial, por lo poco que aporta para diferenciar entre candidatos y partidos. Por mucho tiempo las ideologías compensaron esta dificultad, pero es igualmente cierto que éstas entraron en un proceso irreversible de desaparición. Quizás sea tiempo de apelar a los valores, los ideales y la congruencia ética de quienes aspiran a ocupar cargos de representación política.   


Menciona el historiador José Antonio Crespo, —quien escribió el prólogo— que en el libro encontró una ecuanimidad inteligente, al tiempo que se aborda una decepción democrática. ¿A qué se refiere con exactitud?


EL MÉXICO QUE QUEREMOS. La mejor respuesta a tu interesante pregunta le correspondería a mi amigo y condiscípulo en la maestría de sociología política, José Antonio Crespo, un analista y conocedor de primera mano del sistema político mexicano. De primera mano, estoy tentada a interpretar que la “ecuanimidad inteligente” se refiere a que advierte que, con todo y que el panorama dista mucho de ser óptimo, evito la tentación de “hacer leña del árbol caído” y me preservo en la perspectiva de reconocer los logros y señalar los errores.

Si en el balance se recoge más de lo decepcionante que de lo festinante es porque seguramente así son las proporciones de la realidad política. Y yo creo que en esta parte, José Antonio Crespo estaría de acuerdo conmigo.      


Fuimos testigos de unas campañas presidenciales de gran confrontación. Quizá mostraron el verdadero rostro de los Partidos y de los políticos. ¿Cuáles serían los desafíos para la clase política, para la clase gobernante?


No estoy muy segura de que el problema mayúsculo sea la confrontación entre los partidos/coaliciones y los candidatos. Por el contrario, tiendo a pensar que las confrontaciones, sobre todo si son argumentadas, tienen un efecto positivo en los electores que buscan información para orientar su voto. En cambio, advierto como una mala señal el hecho de que las descalificaciones y el ataque personal, como vimos en las pasadas elecciones, dejen tan poco espacio para la difusión y el contraste de propuestas.

Más aún, en descargo de los partidos y los candidatos es de señalar como una fuente básica de distorsión el modelo de comunicación política vigente, que induce a la “spotización”, es decir, a la prevalencia de mensajes de pocos segundos y a la falta de oportunidad para promover la reflexión y la argumentación. Por si el dato sirve, en el pasado proceso se difundieron más de 55 millones de spots a través de los canales de radio y televisión, muchos de los cuales adoptaron un estilo difamatorio. Salvo mejor opinión, me parece que es tiempo de sustituir el modelo de “spotización” por otro que estimule la confrontación argumentada de ideas y propuestas.

En concreto, he aquí uno de los desafíos torales para el Poder Legislativo: promover una nueva reforma electoral que modifique el actual modelo de comunicación política. No estaría de más uno en el que hubiera menos spots y más debates.   

El Mexico que queremos.

Cristina Alcayaga, ex presidenta del Consejo Coordinador Empresarial de Cancún y escritora


En el libro se abordan los llamados grupos vulnerables, esos que no están totalmente incluidos en la agenda pública. ¿Por qué darles tanta importancia, qué trascendencia tendría?


EL MÉXICO QUE QUEREMOS. Esta pregunta toca las fibras más sensibles y el espíritu mismo de mi ensayo. Las mayores deudas de la democracia electoral y los partidos políticos son las que se tienen precisamente con los grupos vulnerables. Aquí se presenta y cobra vigor una de las paradojas más dramáticas. La democracia entraña un método de toma de decisiones colectivas basado en la participación y los reclamos ciudadanos.

Como bien se sabe, el problema de los grupos vulnerables es que carecen de los medios y las condiciones necesarios para involucrarse en el juego democrático de la participación  y el reclamo de políticas públicas para su desarrollo. De ahí que vivan atrapados en el círculo vicioso de la invisibilidad: como no logran hacerse visibles ni colocar sus temas en la agenda de gobierno, crecen sus déficits de desarrollo y oportunidades para hacerse notar, de tal suerte que se incrementan progresivamente sus penurias y merman sus posibilidades.

Tales son los casos de las mujeres, las personas con discapacidad, los jóvenes, los adultos mayores, los diversos sexuales o de género, los migrantes y las comunidades indígenas, principal aunque no exclusivamente. 


Si se mira a cada uno de estos grupos en lo particular, probablemente se llegue a una conclusión equivocada, puesto que de algún modo la mayor parte de los mexicanos estamos por lo menos en alguna situación de vulnerabilidad. De acuerdo a cifras oficiales, hay más de 60 millones de mexicanas, más de 12 millones de indígenas, más de 12 millones de migrantes, más de siete millones de personas con alguna discapacidad, más de 26 millones de jóvenes y una proporción considerable aunque indeterminada de personas de la comunidad LGBTTTIQA. 

Sobre la base de estas cifras, puede arribarse a la conclusión de que, de algún modo, los grupos vulnerables incorporan a la mayoría de la ciudadanía; y que por lo tanto se refieren a una cuestión que dista mucho de ser marginal.


En las evaluaciones sobre la eficiencia y la legitimidad democráticas, hace tiempo que el criterio de la inclusión se asumió como uno de los más relevantes, de tal suerte que la pregunta admite dos líneas de respuesta. La primera, de orden cualitativo, acentúa la marginación y la invisibilidad de los grupos vulnerables como un problema toral de la democracia, con independencia del número de personas que las padecen.

De hecho, en la perspectiva de los Padres Fundadores, el desafío crucial de la democracia pasa por la inclusión y el respeto de las minorías. Y la segunda, ésta de orden cuantitativo, agudiza el problema de la marginación, sobre todo si se tiene en cuenta la obviedad de que, de algún modo, el grueso de la población sufre algún tipo de exclusión.  


He aquí uno de los retos ineludibles e impostergables en la agenda de gobierno por construir. Para rematar, conviene tener en consideración que aquí la forma es tan relevante como el contenido. No se trata tan sólo de incorporar como temas a los grupos vulnerables, sino de hacerlo como personas, con voz, sensibilidad e inteligencia como para establecer sus diagnósticos y propuestas de solución.  


¿Qué deber tenemos como ciudadanos? ¿Cómo podemos parar el deterioro de la política, el descrédito y volver a tomar un rumbo en el ámbito democrático?


EL MÉXICO QUE QUEREMOS. El deber máximo de la ciudadanía, allí incluídos todos, es tomarnos muy en serio la creencia de que somos el sentido y la razón de ser de la democracia, y actuar en consecuencia. Allí reside la principal fortaleza a desarrollar. Sin valores cívicos no hay democracia que funcione y se sostenga en el largo plazo. Por el contrario, la principal debilidad es la creencia de que los gobernantes habrán de resolvernos todos nuestros problemas.


El deterioro de la política es harina de otro costal. Allí la carga de la prueba corresponde en su mayor parte a los partidos y los políticos profesionales, que son los protagonistas en el deterioro de su imagen y de las instituciones públicas mismas. Al respecto, la participación cívica en la jornada electoral ha de ser apreciada como una gran lección a la clase política sobre lo que no debe ser. Me parece que los partidos y los políticos que se apresten a sobrevivir están forzados a una reflexión profunda sobre sus vicios y errores, con la consigna de cambiar.


Yo advierto que en los comicios del primero de julio los ciudadanos hicimos con creces nuestra parte. Castigamos y premiamos lo que a nuestro juicio procedía. También mostramos un comportamiento cívico-democrático ejemplar. En suma, hicimos muy bien nuestra tarea. Despejamos cualquier duda acerca de que apreciamos la democracia y queremos seguir conviviendo dentro de ella. La pregunta para los partidos y los políticos es si aprendieron la lección y están dispuestos a poner su grano de arena en la dignificación de la política.   


*Yvette Hesse Espinosa. Licenciada en Comunicación. Maestría Administración de Empresas. Diplomados en “Formación de Educadores para la Democracia”; “Derechos Humanos”; “Ventas y Marketing”; “Inteligencia Emocional”; “Formación Social”. Columnista en diversos medios de comunicación. Directora de la Revista Nuestra GENTE Q. Roo. yvette_hesse@yahoo.com.mx  @YvetteHesse

El México que queremos: entre el antes y el después del 01 de julio