Hernán Cortés en México a 500 años de distancia

Este 18 de febrero se cumplen cinco siglos desde que una mañana de invierno de 1519, Hernán Cortés zarpase de la cubana ciudad de Trinidad con dirección a la península de Yucatán

Quinientos años de continua presencia española, luego criolla y mestiza, en Mesoamérica. Medio milenio del acto que, con el tiempo, el sudor, la sangre, la muerte, y también la vida dio pie al nacimiento de México como concepto, como idea, como alegoría y como realidad.
Si no fuera por la sed de triunfo y conquista de Cortés, la historia hubiese sido distinta. También lo sería si el imperio azteca no se hubiese consolidado generando tantas antipatías entre los pueblos a los que subyugó en el camino. Lo que es un hecho es que el encuentro entre esos dos mundos y entre esas dos cosmovisiones era inevitable. Si no con Cortés y Moctezuma, sí con otros dos protagonistas; antes o después, lo que habría de pasar, pasaría.
Hoy, a tanto tiempo de distancia, nos corresponde hacer un ejercicio colectivo de introspección profundo y sincero. No uno que idealice o fantasee sobre un pasado inexistente ni vanaglorie victorias no ocurridas, pero tampoco uno que fatalice o criminalice un presente que escapa a lecturas simplistas; sino uno que nos ayude a construir un futuro siempre anhelado pero que de forma reiterada escapa de nuestras manos.

Reconozcamos, valoremos e interpretemos correctamente nuestra historia.

Cuando Hernán Cortés cortó definitivamente los lazos con Diego de Velázquez y marchó de Cuba con once embarcaciones, cerca de 600 hombres y 16 caballos para bordear las costas del actual estado de Tabasco y desembarcar finalmente cerca de la Antigua, en Veracruz, inició un capítulo de la historia mexicana que, en ocasiones, creo, no ha terminado aún de escribirse. Al «quemar las naves» e iniciar su periplo hacia la majestuosa Tenochtitlán, sumando en el camino a casi 200 mil tlaxcaltecas, Cortés marcó su destino e, indirectamente, el de todos y cada uno de nosotros.
Por eso que, pasados cinco siglos de aquello, debamos sentarnos a pensar y a repensar México. El México actual pero también el México pasado, porque el uno no sería sin el otro. Muchas cosas han cambiado en 500 años y muchas otras quizá siguen igual. La ciudad en el «ombligo de la luna» es otra; pero sigue ostentando el centro del poder político, económico, ideológico y religioso del país. El español mexicano sazonado con palabras de origen tagalo, vasco y maya es la lingua franca; pero subsisten, y en algunos casos hasta florecen, el náhuatl y el mixteco, en la zona alta de Oaxaca y en Nueva York. Las jacarandas traídas por jardineros nipones desde Brasil son las reinas de la primavera; pero las ceibas y los ahuehuetes siguen sostenido el alma mesoamericana.
Sirva este aniversario de un brevísimo, pero potentísimo hecho ocurrido en Trinidad hace medio milenio de pretexto para que pongamos la casa en orden. Reconozcamos, valoremos e interpretemos correctamente nuestra historia; sin revisionismos, pero también alejados de propagandismos. Rescatemos todo lo ocurrido sin utilizar de por medio etiquetas moralinas, para sucesos o para personajes. Hagamos frente a los retos que tenemos sin echar por la borda todo lo alcanzado, por esta generación y por todas las que le preceden.
Es momento de vernos al espejo; de aceptar al México que somos y que es producto del que fuimos. Solo de esta manera podremos construir el México que queremos ser.
Con información de HuffPost