México: El alcance de su potencialidad mundial

Sorpresivamente, en los últimos meses estamos viendo cómo los tabloides y las perspectivas internacionales en general, voltean a ver a México, como una de las economías más prometedoras de los próximos años. Ante una crisis europea latente y proyecciones de crecimiento muy magro para las principales economías del mundo en los próximos años; la inversión extranjera y los mercados globales deciden dirigir sus tendencias hacia naciones emergentes, prometedoras, con macroeconomías estables y condiciones político-sociales que le impriman confianza a su inversión.
México parece cumplir con todas estas cualidades y el mundo mercantil lo está notando. En noviembre del año pasado, la revista The Economist dedicó un reportaje de 14 páginas sobre México, denominado Going up in the world (Subiendo en el mundo). En dicho reportaje, la revista analiza las proyecciones de la nación, en términos de comercio, demografía, competitividad salarial entre otros, dando cuenta de la potencialidad que podemos esperar del país en los próximos años. Apenas en noviembre del 2009, la misma revista dedicó un reportaje similar a Brasil (Brazil takes offBrasil despega-), que en ese momento se reconocía en gran auge, como potencia emergente, al lado de China, la India y Rusia.
El economista Jim O´Neill –creador del acrónimo BRIC- ha propuesto recientemente otro acrónimo distintivo para un grupo de países que enmarcarán las tendencias del  crecimiento económico mundial en esta década: MIST –México, Indonesia, Corea del Sur y Turquía. Según sus proyecciones, estos cuatro países son ideales para la atracción de inversión extranjera directa a corto plazo, toda vez que son mercados emergentes que han podido mantenerse a flote a pesar de la precariedad prevaleciente en Europa y Estados Unidos; además del comportamiento un tanto decepcionante que han mostrado últimamente algunas economías del propio BRIC. No solo eso, sino que los MIST han logrado duplicar el tamaño de sus economías en la década anterior y presentan aceleramientos internos sorpresivos, antes poco imaginables. México, por ejemplo ha logrado cifras de crecimiento, por dos años consecutivos, mucho mayores a las del propio Brasil; en gran medida, gracias al record obtenido en las exportaciones del rubro automotriz.
De igual forma, los periódicos más importantes del mundo, han dedicado planas completas a la previsión tan esperanzadora sobre el futuro de nuestro país. Pero, ¿cómo es que México ha logrado levantar repentinamente el interés y la expectativa global sobre un desempeño aparentemente confiable y altamente atractivo a la inversión foránea? La macroeconomía se mantiene estable y sólida ya desde hace dos sexenios y la productividad interna ha mantenido sus estándares sin grandes variaciones, por lo que resulta un tanto desconcertante el repentino impulso de una imagen muy positiva y prometedora para nuestra nación que, dicho sea de paso, tanta falta nos hace. A raíz del reciente cambio de gobierno,  el flamante Pacto por México y el logro de una reforma laboral, después de 40 años de inamovilidad, se genera una gran expectativa de que el congreso nacional por fin está listo para pactar las tan esperadas reformas estructurales; incluyendo la reforma fiscal o la energética que sugiere la incursión del sector privado en el rubro petrolero y la autonomía de gestión de la paraestatal para su modernización administrativa interna.
Todos los análisis económicos apuntan a que, de lograrse pactar dichas reformas estructurales, México podría en un futuro nada lejano, alcanzar cifras de crecimiento de hasta el 5 o 6% anual. ¿Cómo no considerar entonces a esta nación como una gran potencia emergente, cuando sus cifras de crecimiento podrían en los próximos años estar dos o hasta tres veces por arriba de varias economías europeas?
Asimismo, es importante considerar los incesantes cambios por los que atraviesan los mercados globales, para el beneficio de nuestro país. China, que en algún momento fungió como gran rival de México, ahuyentando la inversión extranjera hacia Asia, por medio de bajos costos salariales y de producción, hoy resulta ser un mercado ya no tan atractivo, con salarios manufactureros cada vez más altos y por ende, cada vez más cercanos a los ofrecidos por México. El fenómeno que hoy se da como consecuencia de esto, es un mercado mexicano mucho más atractivo; sobre todo para la producción estadounidense, que prefiere pagar un poco más en salarios, pero disminuyendo en gran medida los costos de transporte, logística y distribución que implicaba enviar sus productos al continente asiático para su producción.
Si a todo esto le sumamos la cuestión política, donde vemos a un Barack Obama empeñado en sacar adelante en los próximos meses, la tan anhelada reforma migratoria, con un congreso estadounidense que parece por primera vez en muchos años, estar dispuesto a negociarla; las condiciones favorables para México se vuelven aún más esperanzadoras.
Finalmente, no hay que olvidar otro factor que influye directamente en el aumento de nuestra confiabilidad internacional: el descenso de la violencia y la inseguridad interna que promete el nuevo gobierno. Después de un sexenio de tensión y controversia, con una guerra contra el narco tan polémica y sangrienta, el gobierno actual propone –aunque no de manera tan definida- una estrategia que tomará otro rumbo, dirigido más hacia la prevención del delito que al contraataque en sí. Este hecho resulta por demás importante para la atracción de capital extranjero y se suma a todos los elementos anteriores que le dan esa particular credibilidad a México.

Haciendo un recuento en nuestra historia, nos daremos cuenta de que han sido muy pocas las ocasiones en que nuestro querido México se torna tan atractivo para los mercados globales, gracias a sus condiciones internas tan favorables. Las oportunidades son de quienes las toman. Es nuestro momento. Dejarlo pasar sería condenarnos a la miseria y el subdesarrollo que nos han enmarcado por siempre. No nos dejemos deslumbrar. Planeemos. Proyectemos. No caigamos nuevamente en la premura, la ambición y el libertinaje comercial y económico, plagados de corrupción, sobornos y abuso del poder. Un enfoque con visión a largo plazo, por la productividad nacional, es lo que nos permitirá pervivir y prosperar como nación y como sociedad.