La nacionalización de empresas ¿el camino?

EmpresasEn 1938, cuando el presidente Lázaro Cárdenas tomó la desafiante decisión de expropiar el petróleo a las empresas extranjeras que se beneficiaban campalmente de los recursos del energético, nuestro País logró dar un salto sin precedentes en una industria, en ese entonces totalmente desconocida, como lo es la petroquímica. Gracias a esa determinación y arriesgue de Cárdenas, México pudo consolidarse como una nación netamente petrolera; dando vida a una empresa estatal como PEMEX, que, a pesar de todas las restricciones administrativas, corruptelas sindicales y limitaciones de acción empresarial que la caracterizan, ha dado de comer a los mexicanos por décadas enteras, manteniéndose entre los primeros tres lugares de las empresas más grandes de toda América Latina.
Al igual que en México, en el mundo de los años cuarentas, se percibían, de manera generalizada, tendencias nacionalistas, con gobiernos dispuestos a aumentar su proteccionismo, por medio del impulso al mercado interno, la industrialización y el progreso productivo nacional. Dichas tendencias obedecían a una era de rivales imperialistas, con tintes expansionistas, resentidos por los estragos de la primera guerra mundial y por supuesto, por la reciente y dolorosa depresión del 29. Las naciones periféricas latinoamericanas más influyentes, implementaron medidas económicas y comerciales, tendientes al impulso de la autosuficiencia productiva, por medio del Modelo de Industrialización Sustitutiva de Importaciones (ISI). Desde los años cuarenta y hasta fines de los años setenta, bajo ese esquema de desarrollo, se logró un buen impacto en el desarrollo social  y económico de países como Brasil y México.
Hoy en día, después de haber atravesado por tremendas crisis económicas en los años ochentas, noventas y ahora de nuevo, a partir del 2008 y ante un esquema de desarrollo neoliberal que no muestra más que descalabros económicos y el ensanchamiento de la desigualdad social a nivel global, vemos el resurgimiento de tendencias proteccionistas, en un ánimo de recuperar e impulsar la productividad interna. La nacionalización de empresas, vuelve a la mesa como estrategia política, enmarcando posturas gubernamentales, en algunos casos sorprendentes e impredecibles.
Aún cuando los casos de Venezuela y Bolivia ya no nos sorprenden tanto debido a sus tintes ideológicos abiertamente socialistas, sí llama mucho la atención el caso de Argentina que, siendo un gobierno de corte izquierdista y ante la vulnerabilidad económica y productiva que todavía sufre esa nación después de su crisis del 2001, arriesgue su imagen-país ante el mundo, para la atracción de capitales foráneos.
Cristina Fernández decide expropiar a Repsol (inversión española), el 51% de su participación en Yacimientos Petrolíferos Federales (YPF), empresa petrolera que se privatizó durante el gobierno de Carlos Menem. Con la expropiación, para muchos impositiva e injustificada, Argentina se ganó la enemistad generalizada de la Unión Europea – que en apoyo a España ha interpuesto una demanda ante la Organización Mundial de Comercio (OMC), por las restricciones a las importaciones europeas. (http://eleconomista.com.mx/economia-global/2012/05/25/ue-demanda-argentina-ante-omc). Asimismo, la comunidad internacional –incluyendo al presidente Calderón y al Secretario General de la OCDE –José Angel Gurría-, han manifestado su desconcierto y desaprobación a esta acción proteccionista argentina. Se sabe de antemano que este tipo de medidas, ahuyentan la inversión extranjera, tan necesaria para el crecimiento económico de cualquier nación y Argentina no está en condiciones de poner en riesgo tal flujo de capitales.[1]
Lo que habría que preguntarse es qué hay detrás de esta maniobra política de Cristina Fernández. ¿Qué plan o proyecto de desarrollo interno pudo haberla llevado a tomar una decisión con implicaciones tan severas para su economía? Es muy probable que el gobierno argentino pretenda implementar un plan de acción sin precedentes para la industria petroquímica nacional, que valga tanto la pena como para arriesgar su imagen internacional. Una acción tan radical, con tales implicaciones económicas, no pudo haberse tomado a la ligera.
La revista América Economía, en su volumen correspondiente a julio del 2011, muestra un artículo que podría ayudarnos a entender las intenciones argentinas. El artículo se llama “Habrá Petróleo, Brasil y Argentina prometen transformar a América Latina en la nueva meca del oro negro”. (ver pg. 78) Por un lado, se menciona el proyecto que hasta ese momento lideraba Repsol-YPF, en el que se calcula que Argentina puede llegar a tener reservas de petróleo de esquisto por alrededor de 150 millones de barriles de crudo. Asimismo, se tiene una gran proyección con respecto a las reservas de gas con las que cuenta el país sudamericano. Se trata de proyectos ambiciosos a largo plazo, que requieren de mucha inversión, tecnología e investigación. Sin embargo; esto refleja, en una opinión muy personal, la proyección del gobierno justicialista por lograr la vanguardia internacional en materia de competitividad energética. De lograrse este objetivo, Argentina de la mano de Brasil, podría posicionarse estratégicamente entre las potencias emergentes con gran influencia global en hidrocarburos no convencionales. Son decisiones desafiantes sin duda, con repercusiones aún inciertas.
 



[1] De hecho puede verse cómo Venezuela se encuentra entre los últimos lugares de competitividad a nivel global, gracias en gran medida, a la fuga de capitales y al freno de la inversión privada, tanto nacional como extranjera, que ha provocado la expropiación masiva de empresas. Ver el Reporte de Competitividad Global 2011-2012, del Foro Económico Mundial.