Editorial Abril – Mayo 2009

Secuestros, narcotráfico, levantones. Palabras estremecedoras en un entorno donde el trabajo es la característica de la mayoría, pero, de repente, un flechazo de aire fresco que muestra la verdadera esencia del ser humano: la honestidad. ¿Dónde se tuercen los valores? Ojalá alguien tuviera la respuesta correcta, sin embargo, hay anécdotas reales dignas de tener presente para recordar que no todo es transa, corrupción e inseguridad: caminando en una plaza comercial de Cancún, me adelanto unos pasos, sin darme cuenta, un hombre se le acerca a mi hija y le pregunta ¿se te cayó algo? con tanto que se escucha de los extraños, ella prefirió rápidamente decir «no, nada» y alcanzarme de inmediato, no fuera a ser… al regreso, se percató: su adorado iPod no estaba en su bolsa; sin darse cuenta, en efecto, se le había caído junto al auto, a eso se refería el señor.
Lo buscamos pero al poco rato, lo damos por perdido. Pasaron los días y, de repente, una chica se presenta en el colegio de mi hija: pregunta por su nombre hasta dar con ella para lo insólito: entregarle el iPod, en perfecto estado. ¡Quién lo hubiera pensado! Seguro el hombre observó el logotipo del uniforme escolar y fue así como dieron con el colegio y luego con la propietaria del aparato. En nuestro país, no todo es fraude ¡todavía existen personas honestas!
Comparto el optimismo de Carlos Kasuga Osaka, director de Yakult quien en alguna de sus magníficas conferencias terminó con este cuento digno de repetir:
«Había un bosque en el que vivían muchos animalitos. De repente este bosque se empieza a incendiar y todos los animalitos empiezan a huir. Solo hay un gorrioncito que va al río, moja sus alitas, vuela sobre el bosque incendiado y deja caer una gotita de agua tratando de apagar el incendio; va al río moja sus alitas, vuela sobre el bosque incendiado y deja caer una o dos gotitas de agua, tratando de apagar el incendio. Pasa un elefante y le grita al gorrioncito «no seas tonto, huye como todos, no ves que te vas a achicharrar», el gorrioncito voltea y le dice «no, este bosque me ha dado todo, familia, felicidad, me ha dado todo y le tengo tanta lealtad que no me importa que me muera pero voy a tratar de salvar este bosque».
Va al rio, moja sus alitas y revolotea sobre el bosque incendiado, deja caer una o dos gotitas de agua una y otra vez; ante esta actitud, los Dioses se compadecen de él, dejan caer un tormentón y el incendio se apaga. El bosque vuelve a reverdecer y todos los animalitos, vuelven a regresar y a ser felices, más felices de lo que eran. Dice Kasuga: «Yo comparo este bosque con mi México, tal vez estemos en un gran incendio, en una gran crisis política, social, económica o moral pero yo les pido a ustedes que todos los días dejemos caer una o dos gotitas de sudor y de trabajo, si así lo hacen, México se los agradecerá y Dios los bendecirá».

Yvette Hesse

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