Humanismo y crecimiento económico

“Cuando creíamos que teníamos todas las respuestas,

de pronto, cambiaron todas las preguntas.”

Mario Benedetti

Escritor y poeta uruguayo

 
Los fenómenos de la globalización y las políticas neoliberales, penetraron y se expandieron de forma tan acelerada y contundente que sorprendieron a varias potencias del llamado primer mundo, e impactaron negativamente en muchas de las endebles naciones conocidas como en vías de desarrollo, particularmente en aquellas que eran débiles por la falta de estabilidad de sus monedas o su dependencia externa en materia de ciencia y tecnología, y ni qué decir en los países de mayor pobreza en todos los sentidos.
En América Latina, el imperio de los oscuros códigos de estas visiones ha demostrado que el modelo fracasó en una de sus tesis principales: generar un mayor crecimiento económico que redundara en mayor bienestar de la sociedad. Al propio tiempo, los países de esta región, en mayor o menor medida, se han visto obligados a adoptar lo que dicta el Fondo Monetario Internacional, que entre otras estrategias, privilegia la liberación de los mercados, incluido el de capitales.crecimiento_economico1
Sin duda, el desarrollo del mercado interno es prioritario para que exista crecimiento, pero lo importante no es lograr que sólo crezca la economía en términos de mantener la estabilidad macroeconómica, sino que este crecimiento sea sostenido y se refleje directamente en el bolsillo de la sociedad.
En el caso específico de México, uno de los factores indispensables para que esto sea posible, es llevar a cabo las reformas en materia laboral, fiscal, y energética. Reformas que deben recuperar la confianza interna y externa de los inversionistas y de la población en su conjunto.
Es un hecho innegable, que la economía mundial está en crisis, y que atraviesa por un bache de proporciones aún no previsibles, y que tiene entre algunas de sus manifestaciones la volatilidad de las Bolsas de Valores, o la onda expansiva que provoca la caída o aumento del petróleo, amén de las crisis financieras locales como la griega, la más reciente en España, o la aún no resuelta de nuestro vecino del norte, que causan desequilibrios en el resto de la comunidad económica internacional.
El problema de fondo hay que entenderlo desde otra perspectiva. Se requiere tomar distancia de los paradigmas de la economía vigente que sólo ahondan las desigualdades.
Un punto de partida, radica en la enajenación que causa enaltecer, como fin último, al dinero y a los bienes materiales, y no como un medio para lograr bienestar y desarrollo. De ahí que las personas busquen frenéticamente la acumulación de riquezas, sin importar los medios, mientras se cumpla el fin.
Al darle una menor importancia a los medios, para alcanzar el fin, se da el problema de la relajación de los valores éticos y morales, y se socaban los principios de identidad y el bagaje cultural. Ante tal relajación, es inminente la presencia de problemas en áreas sociales, culturales, económicas, en especial en la estructura de la familia, se induce la sobre explotación de los recursos naturales, y aflora el desencanto de la mente y el espíritu humano.
Después de estas presiones en el delicado tejido social, es fácil encontrar personas sin motivación alguna para crecer, con valores perdidos al no encontrarlos en su medio, y con una disposición total para hacer todo, con el fin de  satisfacer sus requerimientos legítimos de bienestar, e inclusive se agudiza e incentiva la comisión de delitos, así como todo tipo de violencia e injusticias que están a la orden del día.
Es insostenible seguir creyendo que el bien de cada uno necesariamente da origen al bienestar de todos, y que el progreso, porque existe el progreso, se alcanza, con sólo dejar que las fuerzas económicas determinen a placer el devenir de la humanidad. Lo que hay que aceptar es, que a la larga y a la corta, cada pobre nos empobrece a todos, que hay recursos no renovables que no podemos seguir dilapidando, que la seguridad no se consigue a costa de la libertad, y que el acceso a mejores  oportunidades sólo depende de la voluntad individual.
Se trata, en suma, de ahondar en el proceso civilizatorio, de tal manera que el humanismo y la solidaridad, dirijan el rumbo del crecimiento económico. Se trata de que la razón esté por encima de la ambición de grupos y personas, de que el ser humano sea más importante que el precio de las mercancías, y de que la economía no es más que una herramienta, y no un fin en sí mismo.