Venezuela: Un futuro desalentador

Después de catorce años en el poder, muere uno de los líderes latinoamericanos más polémicos de la historia reciente: Hugo Chávez. Sería difícil imaginar el contexto regional en lo que va del siglo XXI, sin considerar la influencia política y el debate ideológico que este personaje impulsó.
Por medio de un discurso socialista (aunque no muy definido y hasta contradictorio), Chávez logró alianzas interesantes con algunos de sus homólogos regionales. Tales fueron los casos del presidente ecuatoriano Rafael Correa o Evo Morales en Bolivia. Apadrinado por Fidel Castro, el líder venezolano tomó la estafeta para la reactivación de aquellos ideales desgastados que enmarcaban a Cuba.
La suerte estuvo siempre de su lado. Los commodities (incluyendo el petróleo) gozaron de precios muy elevados a nivel mundial durante toda su permanencia en el poder; factor que le permitió al gobierno, darse el lujo de subsidiar programas asistencialistas y proyectos de integración regional como el ALBA: Alternativa Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América.
Sobre este bloque, es preciso destacar que, al menos en la teoría, cuenta con bases innovadoras y profundas con respecto de la integración, pues se basa, no en la economía o el comercio entre naciones, sino en el intercambio de competencias, de acuerdo a las ventajas comparativas que cada nación puede ofrecer al bloque. Así, por ejemplo, mientras Cuba ofrece a Venezuela asistencia médica y capacitación educacional, Venezuela le ofrece a cambio, petróleo. De igual forma, Bolivia puede comprometerse a impulsar el intercambio cultural entre naciones, aprovechando su riqueza indígena y ancestral, recibiendo a cambio la asistencia cubana o el petróleo venezolano. De esta manera, se lograron avances substanciales en materia educativa y asistencialista para el sector social más vulnerable en Venezuela y otras naciones. Sin embargo; y a pesar de estos logros, debemos siempre considerar que en gran medida el ALBA se sostiene por la oferta petrolera de Venezuela. Una vez que pase la efervescencia del precio del mismo, no habrá cómo sustentar los proyectos. Sobre todo ahora que el líder carismático ha desaparecido.
El panorama para Venezuela, por desgracia, no es nada alentador. Su inestabilidad política, venida a más desde la enfermedad de Chávez y la incertidumbre ante el letargo sobre su muerte, rodeada de manipulación mediática, paralizaron al país. Ésta situación empeoró, ante unas elecciones nada confiables, que le dieron el triunfo al sucesor de Chávez; Nicolás Maduro, quien no cuenta con la empatía y liderazgo popular que el presidente lograba ante el pueblo y que fue, en gran medida, lo que lo mantuvo en el poder por tantos años. La sociedad se encuentra desgastada, inconforme y tensa. Los disturbios violentos postelectorales lo reflejaron. No debemos de descartar la posibilidad de una guerra civil en nuestra nación hermana.
Para darnos una idea de la precariedad en la que se encuentra Venezuela, basta con analizar los datos sobre los niveles de competitividad que tiene esta nación al día de hoy, con respecto del mundo. Los analistas económicos del Foro Económico Mundial, en su reporte 2012-2013, ubicaron al país en el lugar 126 (de 144 países) en términos de competitividad internacional, ocupando también el penoso último lugar de toda la escala de países, en eficiencia y credibilidad en las instituciones públicas. Su deuda pública se incrementa desmesuradamente,  al igual que la fuga de capitales y esto se combina con una muy escasa atracción de IED.
El país no alcanza ni siquiera el nivel 2 de desarrollo, correspondiente a la eficiencia interna. Sus niveles de violencia, corrupción, precariedad del mercado laboral, falta de infraestructura e innovación, obstáculos para hacer negocios e ínfima incentivación tecnológica, entre otros, posicionan a esta nación, entre las menos competitivas del planeta. En los únicos sectores en los que vemos un avance notorio, son en la educación básica (con la contribución consultora de Cuba, como ya mencionábamos) y el tamaño de mercado, por las reservas incuantificables de petróleo con las que cuenta la nación.
Por desgracia, y como reflejo de las grandes debilidades con las que cuenta Venezuela, 96% de las divisas del país, provienen del petróleo; y en gran medida se trata de una industria extractiva; pues la industria petroquímica, para la transformación de la materia prima en derivados del producto, se encuentra en pañales. Esto significa que el gobierno se ha enfocado en mantener una economía de mono-producción, completamente dependiente de los precios internacionales y de sus ventas del petróleo crudo. No hay diversificación de sus industrias y por ende, de sus mercados.
¿Qué podemos esperar de Venezuela, ante un escenario tan adverso como el actual? Tristemente, no parece haber una salida fácil ni pronta a la situación. El resultado electoral con una diferencia de menos de 1% entre los candidatos, abre el debate sobre la legitimidad del proceso –tal como ocurrió en México-, manteniendo al país en una incertidumbre e inestabilidad social y económica como tal vez la nación no había sufrido nunca. Esperemos que la sociedad y el gobierno logren acuerdos hacia la legitimización del proceso electoral, que les permitan avanzar poco a poco hacia la evolución y el desarrollo, que tanto le hace falta al país…